TPR #11 | T. S. Eliot

Café Con/suelo, The Paris Review
[Diario de lectura de las entrevistas aparecidas en The Paris Review entre 1953 y 2012]

Cuando pienso en T. S. Eliot recuerdo mis clases de modernismo angloamericano y mis lecturas de La tierra baldía y de las obras de Joyce, Pound, Conrad y Woolf. E inmediatamente sé que difícilmente volveré a sentirme un lector tan intenso e iluminado como en aquellos días universitarios. Cuando esta entrevista tuvo lugar, en 1959, Eliot ha cumplido ya sus 70 años y es un poeta más que reconocido. La conversación tuvo lugar en Nueva York, en el apartamento de unos amigos del matrimonio Eliot, que se alojaba allí durante una breve visita al país norteamericano después de unas vacaciones en Nassau, antigua isla pirata y actual capital de las Bahamas.

Aunque cuesta imaginarse al poeta con buen aspecto, el entrevistador Donald Hall comenta que se le ve bronceado y que ha cogido algo de peso desde la última vez que lo vio, lo que le da un aire más vivaz y contento. Lo cierto es que Eliot se muestra amable y generoso, haciendo gala de una tranquila modestia que bien puede pasar por sincera. Ante la inevitable pregunta por los orígenes de su escritura, el poeta recuerda unos “cuartetos ateos muy sombríos y desesperados”, inspirados por el Rubaiyat de Fitzgerald, de los que se deshizo completamente. Luego menciona sus primeras composiciones publicadas, influidas por Ben Jonson, Charles Baudelaire y Jules Laforgue… Cuando Hall se interesa por la noción que tenía de su propia época desde el punto de vista de la producción literaria, Elio no duda: “Creo que fue una ventaja que no hubiera ningún poeta vivo en Inglaterra ni en Estados Unidos que me interesara”.

Su memoria sí se detiene en algunos autores que lo ayudaron leyendo y criticando sus poemas, como Conrad Aiken o Ezra Pound, responsable de haber recortado La tierra baldía, de 1922, hasta darle su forma actual, y que solo un año antes de la entrevista había sido liberado del hospital mental de St. Elizabeth donde pasó internado doce años, acusado de traición a EE. UU. Cuando Eliot fue a visitarlo por primera vez —muchos años antes de su reclusión— “en aquella salita de estar triangular que tenía en Kensington”, Pound le pidió que le mandara sus poemas. Al poco tiempo volvió a escribirle: “Son de lo mejor que he visto. Venga a verme y los discutiremos”.

Donald Hall se interesa por su uso del verso libre, por la preeminencia de la forma sobre el contenido, por la impronta del experimentalismo y por la supuesta regresión de la poesía actual (de 1959) hacia formas más tradicionales. “¿Sentía usted que quizá estaba escribiendo contra algo, más que siguiendo algún modelo? ¿Contra el poeta laureado, quizá?”. A lo que Eliot contesta con una lucidez apabullante: “No, no no creo que nadie intentara rechazar nada; más bien buscábamos una voz propia. A los poetas laureados en sí, a los Robert Bridges, no se les prestaba atención. Dudo que la buena poesía nazca de ningún intento político de derrocar una forma existente, simplemente la reemplaza”. De esta forma tan sencilla desmonta Eliot esa suerte de paranoia del historiador del arte y de la literatura que ve ofensivas y estrategias bélicas por todos lados.

De la misma forma procede Eliot cuando el entrevistador le pide una serie de consejos para un joven poeta: “Me parece terriblemente peligrosos dar consejos generales. Creo que lo mejor que se puede hacer por un joven poeta es criticar con detalle un poema suyo en concreto. Discutirlo con él si es necesario; darle tu opinión, y si hay que hacer generalizaciones, que las haga él mismo. He descubierto que cada persona tiene su forma particular de trabajar y le llegan las cosas por vías diferentes. Nunca puedes estar seguro de si lo que dices de forma general tiene validez para todos los poetas o si se trata de algo aplicable solamente a ti. Creo que no hay nada peor que intentar formar a los demás a tu imagen”.

Esto lo compruebo fácilmente habiendo leído y comentado las entrevistas en The Paris Review, en las que cada escritor demuestra tener unas influencias, unos hábitos, unas ambiciones y unas obsesiones propias y bien diferenciadas. Otras, en cambios, son compartidas por algunos de ellos. Como a Hemingway, cualquier composición un poco larga le exige a Eliot una rutina horaria que no suele superar las tres horas de escritura. Después pule y corrige, pero las tres horas de creatividad literaria parecen infranqueables: “Al principio me encontraba con que quería seguir escribiendo un rato mas, pero cuando al día siguiente veía el resultado comprobaba que lo escrito tras estas primeras tres horas nunca era satisfactorio. Es mucho mejor parar y ponerse a pensar en otra cosa completamente distinta”.

A veces a máquina y otras a mano, con habilidad para escribir poesía seria y poesía frívola, decente e indecente —”Más vale no perder esa habilidad”— Eliot escribe sin una intención determinada, o al menos con la sola idea de lo que no pretende hacer: “Uno quiere sacarse algo de dentro y no sabe exactamente qué es hasta que lo ha conseguido, pero no hablaría de intención en el sentido positivo de la palabra en lo que respecta a mis poemas, ni a los de nadie”. Esa libertad y esa apertura de mente es lo que, a mi parecer, le permite al mismo tiempo reutilizar fuentes clásicas, admitir cierta inseguridad en torno al futuro de su poesía y saber echarse a un lado a los mandos de Faber & Faber para que lectores más jóvenes hagan valer su criterio. Si a ellos les gusta un manuscrito, entonces se lo enseñan para ver si a él también le gusta: “Cuando das con algo que impresiona a lectores jóvenes con buen gusto y con buen juicio y también a lectores mayores, es probable que sea algo importante. A veces hay mucha resistencia [confiesa Eliot]. No me gusta la sensación de estarme resistiendo, como cuando mi obra era nueva y debía enfrentarse a la resistencia de quienes la consideraban una clase de impostura”.

La sabiduría y la elegancia con que T. S. Eliot maneja sus respuestas, siempre comedidas, despiertan por unos minutos a ese lector intenso e iluminado que se acercó por primera vez a La tierra baldía y los Cuatro cuartetos hace ya algún tiempo. Cuando el entrevistador le pregunta por sus poemas inacabados, Eliot responde: “Por lo general, un poema inacabado en mi caso es algo que conviene descartar. Si contiene algo bueno que pueda aprovechar en otra parte, prefiero tenerlo en mente que guardarlo en un cajón. En el cajón se conservará intacto, mientras que en el recuerdo se irá transformando en otra cosa”. Como las obras inacabadas, el tipo de lector que algún día fuimos —y que en realidad nunca dejamos de ser— se transforma en otra cosa, con suerte en un lector mejor, si en lugar de guardarlo en el cajón lo guardamos en el recuerdo.

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