TPR #5 | James Thurber

Café Con/suelo, The Paris Review
[Diario de lectura de las entrevistas aparecidas en The Paris Review entre 1953 y 2012]

Hoy he hallado cierto placer en no saber absolutamente nada de James Thurber, a quien está dedicada la quinta entrevista del volumen The Paris Review. No quiero decir con esto que mi ignorancia sea motivo de sorpresa —al contrario, lo ignoro todo sobre todas las cosas—, pero sí que disfruto con estos pequeños encuentros inesperados en los que un autor, hasta el momento desconocido para mí, pasa a formar parte de un día para otro de lo que podríamos llamar mi panteón personal. Nacido en Ohio —a donde Ralph Ellison se fue a cazar con su hermano—, Thurber fue —ahora lo sé— un escritor y humorista gráfico estadounidense, autor de La vida secreta de Walter Mitty (1942) (sí, el relato en el que está inspirada esa película tan aparatosa de Ben Stiller), y la posteridad lo recuerda, sobre todo, por su labor como dibujante, escritor y director de The New Yorker.

Me he reído bastante leyendo esta entrevista. Y quizá debería dejar de escribir en este punto, pues decir que un texto ha provocado la risa es quizá el juicio más tajante e indiscutible que pueda hacerse. Pero no, voy a seguir un poco más. A ver qué pasa.

Los detectives que se ocuparon de entrevistar a Thurber en París, en uno de los salones del Hôtel Continental de la rue Castiglione, muy cerca de la place Vendôme —en cuya forma octogonal, según se cuenta, Chanel se inspiró para los frascos de sus perfumes—, son Plimpton & Steele (que, leídos en voz alta, parecen más los integrantes de un despacho de abogados o de una firma de camisas para hombre). Antes de empezar la conversación, ambos se muestran sorprendidos por la presencia de Thurber, que al parecer no se asemeja a la del “timorato personaje” de sus viñetas —como los entrevistadores esperaban—, sino que impresiona por su tamaño, su firme apretón de manos, su voz segura y su forma calma y confiada de tomar asiento. Ante esta primera sorpresa, o decepción, los entrevistadores comentan ligeramente el acento del Medio Oeste del escritor y su tendencia a divagar y entretener a sus interlocutores con “vívidas anécdotas y recuerdos”.

Cuando la conversación ha iniciado ya, lo primero que llama la atención es la descomunal memoria de Thurber, que, como Funes, el personaje de Borges, es capaz de recordar la fecha de cumpleaños de todos sus conocidos e incluso de salir en auxilio de dos amigos que tratan de recordar una disputa en la que él ni siquiera participó, pero de la que supo algunos detalles tiempo después: “Pero es raro estar en una posición en la que tus amigos dependen de ti para recuperar sus recuerdos. Bastante tengo yo con los míos”, comenta Thurber. Al contrario que Simenon, tremendamente disciplinado, James Thurber no parece tomarse nada demasiado en serio. Sin embargo, ambos autores coinciden en algunos puntos. Por ejemplo, cuando le preguntan acerca de la planificación en su trabajo literario, Thurber responde: “No creo que un escritor deba tener muy claro adónde se dirige. De lo contrario, escribir es como calcar un plano ajeno, como seguir el dictado de la propaganda”.

También coinciden ambos en la necesidad de librar al texto de su “carga literaria”. Thurber, en concreto, lo logra a golpe de reescritura: “Para mí, escribir es sobre todo una cuestión de reescribir. Se trata de intentar mejorar continuamente el texto hasta llegar a una versión definitiva tan fluida que parezca escrita sin esfuerzo”. Las novelas de Simenon transmiten esa misma impresión, pero ahora sabemos que el trabajo artesanal que hay detrás de ellas es tremendo. “Si reviso tanto mis texto [continúa Thurber] es, entre otras cosas, para que no parezcan una broma privada, para que el lector no tenga la impresión de que me he estado riendo yo solo. Hay que eliminar todo lo superfluo”. ¡Ay! lo superfluo… ¡Ay! las bromas privadas… qué difícil hacerlas públicas, si incluso nuestras propias bromas privadas nos resultan, en muchos casos, indescifrables.

Menos mal que James Thurber, quien —como ya se nos advirtió— gusta de divagaciones y anécdotas, se encarga de llevar la entrevista hacia territorios menos tensos, menos técnicamente dramáticos:

“P.: Dice que los dibujos no siempre le salen como tenía pensado…

R.: Una vez, en una viñeta para The New Yorker, dibujé a una mujer desnuda subida a cuatro patas encima de una librería. Junto a la librería, debajo de ella, están su marido y otras dos mujeres. El marido le dice a una de las mujeres, que por el contexto sabemos que es una invitada: ‘Ésa que está ahí arriba es mi primera mujer, y ésta es la actual señora Harris’. Bueno, pues la idea original era que la mujer desnuda estuviera en lo alto de una escalera, pero perdí el sentido de la perspectiva y, cuando través la línea hacia abajo me salió una librería, y así se quedó la buena mujer. La viñeta desconcertó por completo a Harold Ross, el editor de The New Yorker, que tenía una forma seria y racional de entender el humor literario, no digamos una viñeta. Me llamó por teléfono y me preguntó si la mujer que estaba encima de la librería se suponía que estaba viva, disecada o muerta. ‘No lo sé —contesté yo—, pero en un par de horas te lo digo’. Al cabo de un rato le devolví la llamada y le dije que acababa de hablar con mi taxidermista, y me había dicho que no se puede disecar a una mujer; y que, según mi médico, una mujer muerta no se sostiene a cuatro patas. Así que sólo queda una opción, Ross —le dije—. Tiene que estar viva’. ‘Vale —contestó él—. Pero, entonces, ¿qué hace desnuda encima de una librería en casa de la segunda mujer de su ex marido?”. Ahí me pilló”.

Thurber hace luego un retrato de Ross, su editor en The New Yorker, que no tiene desperdicio: “No era un hombre muy leído. Había leído La vida en el Missisipi de Mark Twain y algunos otros libros de los que me habló —tratados médicos—, y se metía en el váter con la Enciclopedia Británica. Cuando murió calculo que debía de ir por la H”. Sin una gran cultura literaria, purista, perfeccionista, un poco mojigato, realista, tremendamente práctico —en cuanto a la licencia poética, decía: “que se vaya a la mierda cualquier licencia para hacer las cosas mal”— Ross logró sacarle punta al estilo de Thurber y favoreció esa enemistad suya con lo superfluo, aunque el editor que realmente influyó en él fue E. B. White: “Gracias a él me liberé de un estilo bastante peculiar que estaba empezando a dominar, una especie de periodismo compacto aliñado con dosis de Henry James”.

Y es que, al parecer, Thurber era conocido por haber leído la obra completa de James, “lo cual podría ser indicativo de una juventud —y parte de la vida adulta— desperdiciada”. Sobre James también bromea Thurber, al compararlo con un bulldog suyo al que le gustaba arrastrar maderos de dos, tres y cuatro metros hasta meterlos en casa. “Arrastraba el trasto lo mejor que podía y, pam, se pegaba un topetazo contra los postes de la puerta. Pero al final lo conseguía. Bueno, pues con algunas de las novelas de James tenía la misma impresión: que estaba intentando meter un madero demasiado grande por una puerta demasiado estrecha”. Pero esto no es lo que le ocurría a él. Según el comentario que Fitzgerald le hizo a Thomas Wolf —”Usted pone y da, yo saco y tomo”— Thurber no considera que haya que producir una obra de gran envergadura para poderse llamar escritor (en esto también coincide con Simenon). Tanto es así, que escribe: “Yo diría que, hoy en día, escribir un libro y conseguir que sea corto es embarcarse en una aventura”.

Yo añadiría a eso que escribir estas notas sobre una serie de entrevistas realizadas hace más de medio siglo es ya embarcarse en una aventura. Esa aventura de la escritura la vivió Thurber hasta en sus días más oscuros. Cuando esta entrevista tuvo lugar, en 1955, el escritor y dibujante había perdido la vista ya casi por completo. Escribía mentalmente y por las tardes —de dos a cinco— dictaba los textos a su secretaria. Escribía mentalmente y lo hacía en cualquier lugar, como recuerda con un humor envidiable: “A veces, estando en una fiesta, mi mujer se acerca a mí y me dice: ‘¡Joder, Thurber, deja de escribir!’. Casi siempre me pilla en medio de un párrafo. Y a veces mi hija me mira mientras estamos cenando y pregunta: ‘¿Está enfermo?’. Y mi mujer contesta: ‘No, está escribiendo'”.

Casi ciego, confiesa que de vez en cuando aún escribe en el sentido estricto de la palabra, utilizando un lápiz de cera negra sobre papel amarillo (a razón de unas veinte palabras por página). Este tesón y este humor, por los que siento un profundo respeto, solo pueden explicarse en las propias palabras de Thurber, quien nunca se consideró a sí mismo un artista porque sus dibujos eran rápidos, imprevisibles, abocetados: “El acto de escribir es algo que, o bien aterroriza al autor, o bien le gusta. Y a mí me gusta”. Las respuestas de James Thurber son desenfadadas, divertidas, aparentemente sencillas, casi todas certeras. Solo en una de ellas —al menos que yo sepa— se equivocó. Rememorando su encuentro con algunos colegas escritores a propósito de la vejez, señala el humorista norteamericano: “Hemingway dice que no cuenta con pasar de los sesenta, pero no es que esté anhelando dejar de vivir”.

Hemingway se mató de un disparo en la boca en 1961. Tenía 61 años.

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