72.

Café Con/suelo

Después de desayunar he ido al baño y ahí he grabado un pequeño vídeo con la portada de Los hombres de Rusia, el libro de Reinaldo Laddaga que estoy leyendo en este momento. He subido a Instagram una story con el vídeo y, como quedaba algo soso, he hecho que de fondo sonara la canción “Hip Hop is dead”, de Nas con will.i.am. Hasta ahí todo bien. Ha quedado chulo con ese efecto percutidor que tiene el móvil, como si la imagen en movimiento palpitase al ritmo de la música. Hip hop… is dead… Luego he cogido el coche para ir a Hacienda a arreglar unos asuntillos demasiado anodinos para ser turbios o siquiera interesantes. Antes de llegar he escrito en Twitter: “Me voy a Hacienda. Decidle a mi madre que la quiero”. Ha sido una forma de darle bombo a un simple trámite de lo más aburrido. Un día más, no he conseguido ser trending topic. El tuit ha tenido poca repercusión (la repercusión esperada) y es que nunca he sido el gracioso del grupo. No soy el Lucky Luke (“más rápido que su sombra”) de las conversaciones a pie de bar. Mi cerebro funciona a unas revoluciones que a veces parecen ir marcha atrás, pero eso no quiere decir que los engranajes no giren, sino que giran a su manera, a su ritmo, a su propia velocidad. Y resulta que Twitter es una red social hecha para clones de Broncano. Los demás rondamos por allí para disfrutar el sorpasso.

Esperando en la sala de espera de la Agencia Tributaria me he metido a Instagrama y he visto que habían bloqueado mi story, la del vídeo con la portada del libro de Laddaga, porque, según el organismo competente, podría vulnerar no sé qué derechos de autor en no sé qué ni en no sé cuántos países. No es que no lo sepa porque no quiera saberlo, sino porque no me lo han dicho. El vídeo está grabado en el cuarto de baño de mi casa, sobre el que tengo todos los derechos nacionales e internacionales. El problema, creo, podría estar en la canción de Nas, que la propia aplicación de Instagram me facilita para que la suba acompañando a mi flamante vídeo de mierdituber. Instagram me informa de que, aun con todo, el vídeo sigue disponible en 50 países. Entre ellos (menos mal) Burkina Faso.

El número C-16 (mi número, aunque C-16 no es exactamente un número) aparece en una de las pantallas: mesa 33. Y allá que voy. Me han atendido dos señoras muy amables y diligentes. Una de ellas era un poco antipática, pero qué más da si el sol brilla afuera. Así que he terminado mis quehaceres hacendosos y he salido a la calle en busca de una librería de segunda mano donde tenía reservado desde hacía semanas un librito que había olvidado ir a recoger. Se trata de El libro de los seres imaginarios, de Borges (en colaboración con Margarita Guerrero), y es la primera vez que me pasa algo así. Me refiero a que es la primera vez que reservo un libro, digo que voy a por él en un par de días y pasa casi un mes hasta que me acuerdo. Tengo que decir que he estado muy loco estas últimas semanas. Además, la librera no me avisó de la demora, por lo que ambos (ella tampoco recordaba mi reserva, aunque el libro reservado estaba) hemos vivido estas semanas en paz sin sentir que debíamos (o que nos debían) nada. En cualquier caso, el libro estaba allí, esperándome, en una edición baratucha pero encantadora de los años ochenta. He pagado algo más de lo esperado, he cogido mi libro y he salido de allí.

De vuelta en el coche he encendido la radio y sonaba una mezcla de rock y ska muy cañera que me ha subido el ánimo. He empezado a menear el cuello sin prestar atención a la letra (¿a quién le importa la letra de una canción que mezcla rock y ska?). El cuello iba solo y he estado a punto de estrellarme contra un camión frigorífico hasta que la letra ha cobrado forma. “Bautízame, Señor, con tu fuego. Bautízame, Señor, con tu presencia”. Estas emisoras religiosas son de lo más discreto. Un día de estos me evangelizan antes de que aparque y yo sin enterarme. Ahí knod your head, knod your head. 

Antes de llegar a mi casa he leído una pintada hecha malamente sobre una pared a medio morir: “Otro fin del mundo es posible”. Cuando sabes que te están cobrando de más por un libro de segunda mano, y aun así lo pagas, es porque no hay mal que por bien no venga. Y porque dentro de ti, conviviendo con la locura, también hay un pequeño filántropo.

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