7. Un acto sencillo y humano

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Desgarrar un corazón es siempre un acto sencillo. Ya sea en la base o en la parte superior del mismo, se marca una cruz cortante que apenas rasgue los recuerdos, utilizando un rencor afilado o un silencio preciso. Se despliegan las cuatro esquinas de ternura para despegarlas del resto, usamos una ausencia bien limpia o una pasión ya fría, y tiramos lentamente, con delicadeza. Sentimos la resistencia que algún buen recuerdo nos opone, algo compartido que con insistencia también se desgarra. Desnudamos el corazón y queda una fruta palpitante que desconocíamos, una flor abierta y limpia. Un acto sencillo y humano que nos ayuda a conocernos, que nos revela lo que ya sabíamos. Que vuelve sangre lo que ya era sangre.

 

 

Imagen: Corazón anatómico, Thomas E. Tattoo

6. El relajo y las Grandes Causas

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En una de las fastuosas salas de la Casa de América en Madrid, Patricio Pron y Juan Villoro inauguraron el Festival Eñe conversando el lunes sobre algunos de los vínculos posibles entre fútbol y literatura. Después de interesantes anécdotas y conjeturas relacionadas con los locutores de radio, los ex-jugadores argentinos que abren parrillas en México o la violencia dentro y fuera de los estadios, ambos escritores pasaron a pensar las diferencias sociales y emocionales entre las aficiones deportivas de sus respectivos países de origen. Particularmente: las aficiones del Rosario Central (Argentina) y del Necaxa de Aguascalientes (Ciudad de México). Los argentinos son más fieros en las gradas, los mexicanos más pacíficos; los argentinos son eternamente leales, los mexicanos más volubles, etc.

En un punto, Villoro recordó al filósofo mexicano Jorge Portilla y su libro Fenomenología del relajo, publicado en 1966El relajo, en México, sería la fiesta, la celebración. Según el Diccionario Académico, relajo significa: 1. “Desorden, falta de seriedad, barullo”; 2. “Holganza, laxitud en el cumplimiento de las normas”; 3. “Degradación de las costumbres”. En Cuba, México y República Dominicana: “broma pesada”. En Cuba y Puerto Rico: “juerga, jolgorio”. Ni juntando todas estas acepciones podríamos hacernos una idea aproximada de lo que significa el relajo. Sin embargo, lo más importante del relajo –se supone que está dicho en algún punto del libro de Portilla– es que en un momento u otro el público pase a convertirse en su propio espectáculo.

Esto Villoro lo dijo a propósito de una afición futbolera como la mexicana, que está acostumbrada a apoyar con inconsciente estoicismo a equipos que no suelen dar la talla. Por eso la grada debe convertirse en su propio espectáculo, por eso el partido debe pasar a un segundo plano fundido en negro para que la afición pueda beber, corear, bailar, agarrarse a golpes o celebrar la amistad con efusión desmedida. De este modo el fútbol importa mucho menos que la afición por el fútbol. El partido sería, a todas luces, un pretexto.

Me pareció que esta reflexión de Portilla –o de Villoro– no era especialmente original o compleja, pero tenía en la sencillez de su enunciación una fuerza verdadera que pronto traspasó en mí los problemas del fútbol, que conozco poco y que, por lo general, me importan aún menos. “El público se convierte en su propio espectáculo”, como en el mito de Narciso. La idea era clara, concisa, perfecta. Más una imagen que una idea. En ese momento, los querubines dorados y los frescos saturados de color de la sala Simón Bolívar conspiraron para inocular en mí un pensamiento malicioso. ¿Qué diferencia real había entre esos hinchas mexicanos y estoicos de un equipo sindical de electricistas como el Necaxa –soportado ahora por los trabajadores japoneses de la planta de Nissan en Aguascalientes– y los acérrimos defensores de las tantas causas justas, imprescindibles, impostergables y decisivas que ocupan hoy en día todos los espacios posibles?

Ante cualquier tipo de extremismo o afición desmedida siempre me he preguntado hasta qué punto un individuo está plenamente convencido de lo que defiende, o si no será que llegado el momento se entra en una rueda cuya inercia es imparable. Hoy sospecho que nadie está libre de acabar en ese callejón sin salida. El mismo Villoro “le va” al Necaxa –como dicen en México– porque de pequeño todos en su calle seguían al equipo, y en este punto da igual si el Necaxa sabe o no que el balón debe entrar en la portería. Cuando uno hace de una Gran Causa su vida, ¿hasta qué punto no puede ya renunciar nunca más a ella porque eso significaría renunciar a su propia vida? ¿Hasta qué punto se acaban identificando la vida y la causa, la afición y el espectáculo? ¿Qué pasa cuando el defensor acérrimo de una causa justa, imprescindible, impostergable y decisiva se convierte en su propia causa? Quizá lo que ocurre es que la causa pasa a un segundo plano fundido en negro para que sus defensores puedan beber, corear, bailar, agarrarse a golpes o celebrar la amistad con efusión desmedida.

 

 

Imagen: Fairbanks y Chaplin durante un mitin en Wall Street, New York, 1918

 

5. Con suelos humanos

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El otro día escribí que el escritor Sergio Chejfec y yo debíamos ser muy distintos. Lo dije, y ahora, solo porque puedo, me retracto. Aunque él sigue viviendo en Nueva York y yo sigo sin saber dónde vivo, Chejfec y yo nos parecemos más de lo que pensaba. Por si alguien no me cree, vuelvo a citar Mis dos mundos:

 

En general, miro bastante hacia abajo cuando camino. El suelo es una de las cosas más reveladoras de la condición del presente; es más elocuente en sus daños, deterioros, desniveles o accidentes de cualquier tipo. Me refiero tanto a los suelos urbanos como a los campestres, los difíciles o los amistosos. Y en concreto me refiero a los suelos de los caminos, o a los suelos humanos en general, porque el suelo en abstracto, el suelo del mundo, habla otros idiomas muy difíciles de abarcar.

 

Qué consuelo saber que a Chejfec le preocupan tanto como a mí los suelos humanos. Lo demás es silencio.

 

 

Imagen: obras de Javier Garcerá en el Hospital Real, Granada

4. Banksy y el mendigo del Starbucks

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Hace unos días se publicó una noticia que eclipsó a todas las demás. En la famosa casa de apuestas Sotheby’s se subastó el lienzo Girl with Balloon del enigmático grafitero Banksy. Como todo el mundo sabe ya, resulta que, a los pocos segundos de ser vendida, la obra se autodestruyó mediante un ingenioso dispositivo triturador instalado en el marco del cuadro. Mientras tanto, Banksy comentaba su hazaña en Twitter con la célebre fórmula del subastador: Goinggoinggone! Algo así como ‘se va, se va, se fue’.

Cuando los más conmocionados dejaron de llorar, pudo oírse la voz de la esperanza. Un día después, la compradora anónima (a partir de ahora CA) confirmó que efectivamente pagaría 1,18 millones de euros por la obra (destruida), que ya tiene nuevo título: Love is in the Bin (El amor está en la papelera). Muy orgullosa, CA se proclamaba en posesión de un fragmento de la historia del arte. Pero CA no estaba sola en esta gesta de marketing autocomplaciente: la nueva obra –fruto de una “inesperada performance”– es para Sotheby’s el primer trabajo artístico que se crea durante una subasta. Aún queda por esclarecer si la casa de subastas estuvo implicada o cómo es que nadie notó el anormal peso del marco, pero esa es otra historia. Apenas un par de días después, The Telegraph informó de que un coleccionista que estaba en posesión de una impresión de Girl with Balloon –valorada en 45.000 euros– decidió hacerla trizas imitando al artista británico. Según los especialistas, su ‘obra’ vale ahora 1 euro.

Cuando los más conmocionados dejaron de llorar, pudo oírse la voz de la esperanza. Como todo el mundo sabe ya, resulta que “la verdadera víctima de la provocación de Banksy fue Jenny Saville” (titular de El País). La noche de la famosa subasta, Sotheby’s vendió Propped, obra de Saville, por 10,8 millones de euros: el precio más alto jamás pagado en una subasta por una artista viva. Saville hizo fortuna e historia, pero por culpa de las travesuras de Banksy se tuvo que conformar, al menos esa noche, con la fortuna, pues todos los medios centraron su atención en el minuto de gloria que duró la escritura de un nuevo y ya famoso capítulo de la historia del arte. Pobre Saville.

Cuando los más conmocionados dejaron de llorar, pudo oírse la voz de la esperanza. Como solo sabrán unos pocos, resulta que el otro día vi a un chico joven, negro, mendigando a las puertas de un Starbucks en Murcia. Estaba sentado en el suelo, ligeramente ovillado: una rodilla flexionada, un codo apoyado en la rodilla y la mano sosteniendo la cabeza. A diferencia de otros mendigos que buscan la mirada de la gente para crear un vínculo o imaginar un afecto, el chico parecía distraído, como ausente, ensimismado en el olor a sudor y en las ropas viejas. A sus pies había una taza de aluminio como las que se utilizan para ir de acampada dentro, un par monedas– y, al lado, un trozo de cartón a dos aguas. En el cartón había una frase. No sé por qué, pero pensé que aquella frase no la había escrito él. A lo mejor se la dictaron o alguien la dejó allí sin pedirle permiso. En el cartón ponía: “Mi madre piensa que estoy bien en España”.

Claro que me impactó el mensaje y claro que pensé en su madre y en esa pobre vida de mierda que nadie se merece. Cualquiera habría pensado lo mismo, pero es entonces cuando la obra pierde valor. Para no ser superficial, preferí disfrutar de la armonía entre escritura e imagen. Su figura escultórica apropiándose del espacio, la mirada inexpresiva, el hermoso color de su piel, el contraste entre la quietud absoluta de un cuerpo encerrado en sí mismo y el dinamismo orgánico de una muchedumbre absorta en su Caffè Latte (Love is in the Bin, pensé). La composición, el ritmo, el color, todo era perfecto. Y la frase. Qué frase, señores. Aquella frase podría haberla escrito Banksy y se subastaría en Sotheby’s o en cualquier otra casa de putas [sic], para que CA pudiera llevarse a casa el “negro pobre con taza de aluminio y cartón a dos aguas”. No hice ninguna foto porque no llevaba cámara y porque no tengo buen ojo. Preferí deleitarme con esa imagen y no pensar en los millones de euros que estaba tirando a la basura por no inmortalizar el momento. Goinggoinggone!

 

 

Imagen: Love is in the Bin, Banksy, 2018.

Cara de pan, Sara Mesa

Nueva reseña

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María Ayete Gil escribe sobre CARA DE PAN, la última novela de Sara Mesa:

A lo largo de las 136 páginas que conforman el texto se relata, sin un solo diálogo, la relación entre Casi, una niña de casi catorce años, gordita, con granos en los brazos y ropa ancha, y el Viejo, un señor de cincuenta y pocos, apasionado de los pájaros y de Nina Simone. ¿Quiénes son esos personajes? ¿Cómo se conocen? ¿Qué hacen? ¿Por qué se relacionan? Pero, sobre todo, ¿qué tipo de relación mantienen?

 

 

No esperes más para leer la reseña completa. Pincha aquí y descubre por qué se trata de una “lectura urgente”.

3. Mi abuela y los dos Fiat de Gerhard Richter

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Ayer hablé con mi abuela. No la llamo tan a menudo como debería pero me gusta hablar con ella. Suelo llamarla al móvil y hablamos durante un buen rato. Más bien habla ella, pero de todas formas me gusta. El proceso es siempre muy parecido y aun así me gusta. Antes le preguntaba cómo estaba y rápidamente pasábamos a hablar de mi abuelo. “Hoy ha comido esto, hoy ha hecho aquello”. Pero ya no hablamos de mi abuelo. O hablamos menos. Sin embargo, ella sigue hablando mucho. Me gusta escucharla. A veces parece que me ignora, pero ella sabe que estoy ahí y eso me basta.

Por norma, nuestra conversación es centrífuga y va del centro hacia los márgenes. Primero hablamos de algunas dolencias (El Centro) y de la actividad de la mañana; luego del menú del día, sobre todo si va a compartirlo con alguien (lo que ya prefigura una salida hacia los márgenes); después hablamos de las visitas (mis primas, el farmacéutico, la peluquera); más tarde me comenta las novedades familiares, también en orden de proximidad en el espacio y en el tiempo; luego hablamos un poco de mí, que estoy siempre con un pie en el margen; y ya, si nos quedan tiempo y ganas, hablamos del mundo. Esta estructura de círculos concéntricos que se alejan rápidamente del centro     –uno mismo– para fijar su atención en el otro, son en mi abuela –y en otras mujeres de su tiempo– la metáfora de toda una vida.

Las conversaciones con mi abuela son imprevisibles como un happening de Allan Kaprow. Un día me tiene veinte minutos al teléfono y otro día me despacha en treinta segundos. El problema (si es que hay un problema) no es la irregularidad, sino la sorpresa: mi abuela habla mucho o te cuelga sin avisar. Pero cuando habla, habla. Quizá tenga que ver con que una hermana suya se fue a vivir a Valencia, donde también hablan mucho. Aunque sé que no tiene sentido, pues en todo caso sería la hermana de mi abuela la que debería haber llevado el silencio a Valencia. Hay cosas que no tienen sentido.

Últimamente me ha dado por pensar que con el tiempo mi abuela ha ido perdiendo rapidez en los movimientos para ganarla en el habla (sospecho que también en el pensamiento). Por eso esta mañana cuando estaba en el metro me he acordado de ella y he decidido que esta noche también la llamaré. Ha sido al ver a toda esa masa de personas corriendo de un lado para otro, empujándose y saltando al vagón bajo el pistoletazo de salida. Por mi mente han pasado los dos Fiat evanescentes que Richter pintó a finales de los setenta. Por contraste, tengo un recuerdo muy nítido de mi abuela frente a las escaleras mecánicas de El Corte Inglés, tomándose su tiempo para cabalgar el dragón de hierro. Menos mal que mi abuela no vive en Madrid y no necesita coger el metro. Cuando uno es joven no puede saber esas cosas y cae en el error de pensar que el tiempo se detiene con la vejez, que baja el ritmo y se ralentiza como los movimientos de mi abuela, y que la velocidad es cosas de la juventud. Al contrario, el mundo, para mi abuela, es la velocidad viva. Por eso la peluquera la peina en su casa, el farmacéutico le lleva las medicinas y el taxista la acompaña del brazo hasta el portal de su edificio.

No hace mucho que mi abuelo, durante las comidas, silenciaba el televisor porque ya no entendía los telediarios. Hubo un antes y un después muy preciso en ese acto de silenciar un mundo ya demasiado veloz. Hubo un antes y un después también en la decisión de mi abuela de no volver a cabalgar el dragón de hierro y utilizar a partir de entonces el ascensor. El mundo se ha vuelto para ellos algo que gira demasiado deprisa. No es que los años pasen más rápido, sino que los presentadores del telediario y las escaleras mecánicas han dejado de moverse a su ritmo y de hablar su mismo lenguaje. Por eso mi abuela habla cada vez más, y cada vez más rápido. Para compensar, para que pueda llamarla esta noche, para que exista esa posibilidad de que, si aún nos quedan tiempo y ganas, podamos hablar del mundo.

 

 

Imagen: Zwei Fiat, Gerhard Richter, 1964

 

2. Hotel de lujo con putas y niña

Café Con/suelo

En Mis dos mundos, Sergio Chejfec dedica apenas una o dos líneas a describir su espera apoyado en el mostrador de un hotel: “El mundo insólito, entre clandestino y deshilvanado, al que uno se asoma cuando espera algo en la recepción”, dice Chejfec. Sin conocerlo, intuyo que mi vida y la de este escritor argentino son muy distintas (él vive en Nueva York y yo no sé dónde vivo), pero me baso solo en que no nos conocemos. Sin embargo, hay algo en su escritura que de alguna forma me pertenece, que me hace sentir muy cerca de él y también de mí mismo. Esto no sucede solo con sus palabras sobre la espera en los hoteles. También sentí algo parecido al leer en Teoría del ascensor sobre aquellas indagaciones que Chejfec llevó a cabo en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, revisando viejas guías telefónicas en busca de números y direcciones de escritores, quién sabe si tratando de ver más allá, en los volúmenes ruinosos de papel mojado, una constelación misteriosa. Eso me interesa y me interpela. Pero lo del hotel… El mundo “clandestino y deshilvanado” del que habla Chejfec puede describir el ambiente turbio de un motel de carretera, de un hostel cosmopolita y juvenil, de una pensión familiar en una ciudad de provincias,  o de un hotel mediocre de una cadena mediocre situado en una calle mediocre de un barrio mediocre. Pero, ¿y un hotel de lujo?

No hace mucho me sorprendí a mí mismo esperando una noche apoyado en el mostrador de uno de estos hoteles, en Madrid. Podría ser el Ritz o el Palace. Incluso el Wellington. Yo esperaba distraído cuando vi que uno de los botones del hotel, enfundado en su impecable levita granate, comenzó a agitarse y a buscar algo con la mirada a través de los cristales que dan a la calle. Cuando encontró lo que buscaba, el botones se sosegó, caminó hacia la puerta principal y ayudó a dos señoritas a subir los escalones con una silleta infantil. Una de las señoritas parecía muy joven, la otra no tanto. Ambas lucían unas piernas largas, bonitas e imperfectas, salpicadas de viejos tatuajes y hematomas deslucidos. Podrían ser madre, hija y nieta, tal vez. El caso es que aquellas dos señoritas eran putas. Mi tesis, insuficiente como todas: la nocturnidad; los tatuajes añejos; el tinte abrupto (negro-negro la más joven, rubio-rubio la mayor); el paso violento; el maquillaje tosco; los vestidos cortos, elásticos, malos; las uñas largas y brillantes; el recibimiento urgente, el ascensor esperando. ¿Y la niña? La niña dormía bajo una chaqueta oscura que la cubría casi por entero. A su alrededor: la madera noble, los cromados en oro, la alfombra bordada, la enorme lámpara de cristal checo. Entonces recordé las palabras de Chejfec: “el mundo insólito, entre clandestino y deshilvanado, al que uno se asoma cuando espera algo en la recepción”. ¿Qué esperaba yo? ¿Qué esperaba el botones?

Dos prostitutas, quizá emparentadas, subiendo con urgencia a la habitación de un hotel de lujo y empujando, con la ayuda de un botones con levita granate, una silleta infantil con una niña dormida. ¿Qué hacían con la niña? ¿Por qué iba dormida la niña? Quizá yo estaba equivocado y aquel tríptico representaba solo a una familia más hospedada en el hotel. Quién sabe. En cualquier caso, la escena, además de insólita y deshilvanada, era perturbadora. A la niña yo no la vi. Solo un par de zapatillas blancas bajo la chaqueta. A pesar de haber interactuado con rapidez y eficacia –como si no fuera la primera vez–, el botones y la mujer menos joven, quien parecía llevar la batuta, ni se miraron. Eso me perturbó. Ahora lo que me perturba es que podría haber sido un niño, pero yo imaginé una niña.

 

 

Imagen: Château de Gudanes, Ariège, Francia

1. Empezar

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Después de pensarlo mucho sé que no hay una manera buena de empezar esto.

Empezar es algo relativamente fácil. Lo del bloqueo es un mito. O al menos lo es desde el ángulo desde el que normalmente se mira. Lo difícil es terminar. Uno puede no saber cómo empezar porque precisamente no sabe cómo terminará, o si lo hará. Lo de la libertad es otro mito. O al menos lo es desde el ángulo desde el que normalmente se mira. La falta de un horizonte da miedo. Lo informe da miedo. La oscuridad da miedo. El hueco, el vacío, los pasos en falso, dan miedo. Pero eso es empezar de verdad. Quizá en ese bloqueo inicial esté ya prefigurado el miedo al punto final. El sentido de la primera palabra pueden modificarlo las siguientes, pero el punto final te condena. Empezar es sentir ese miedo y, con miedo, empezar.