16. Vivir

Café Con/suelo

Escribió Michel de Montaigne en uno de sus Ensayos:

 

No hay que adherirse con tanta fuerza a los propios humores y a las
propias inclinaciones. Nuestra principal aptitud es saber aplicarse a
usos diferentes, permanecer atado y sujeto por necesidad a una sola
manera de ser es ser, pero no es vivir. Las almas más hermosas son
aquellas que están provistas de mayor variedad y flexibilidad.

 

 

Imagen: Dezallier d’Argenville, Labyrinthe, 1709

15. Me gusta. Me encanta

Café Con/suelo

En algún momento oigo una voz que me dice: “Las redes sociales favorecen una vida más auténtica”. Me paro en seco y dudo, pienso un poco, sigo existiendo. En Instagram ponemos lo mejor de nosotros, en Twitter lo peor. Facebook es un juego de veladuras que cobra mayor interés por lo que no se muestra que por lo que enseñamos, por los silencios que por los gritos, los manifiestos, las consignas. Quienes hemos asumido la presencia de las redes sociales con cierta reticencia –más aún quienes lo han hecho con abierto rechazo– hemos pensado de forma natural que estos nuevos espacios acabarían por destruir la idea de intimidad y ese mundo nuestro basado en el diálogo extraño, artificial, sordomudo, entre lo público y lo privado. Pero, ¿y si ha ocurrido todo lo contrario?

Desde que se empezó a cobrar por las bolsas de plástico, sobre todo en los supermercados, me he acostumbrado a cruzarme por la calle con gente cargada de alimentos y útiles de toda clase y condición. No es raro ver a un chaval que camina agarrando con desesperación un par de aguacates, una barra de pan, un mocho de fregona y varios cartones de leche. Vemos sin problemas que una mujer abraza con gran esfuerzo tres o cuatro naranjas, una caja de compresas, dos latas de cerveza, una bolsa de ensalada y un par de plátanos aún verdes. Nadie se sorprende si en la parada del autobús hay un señor esperando con un paquete de papel higiénico en una mano, y en la otra un sobre de jamón cocido, un tubo de pasta de dientes y unas latas de atún.

En otros tiempos sin redes sociales esto nos podría parecer impúdico, obsceno, inverosímil. Sin embargo, plataformas como Facebook nos han enseñado a comprender y aceptar las intimidades del otro (sus viajes, sus hijos, sus mascotas, sus logros, algunos de sus fracasos, sus aniversarios conyugales, sus relaciones laborales, sus aficiones y, al fin, sus compras) como si fueran nuestras. Las redes sociales han propiciado una autenticidad nada desdeñable que nos permite ahora mostrar sin tapujos los productos que consumimos. Gracias al exhibicionismo enfermizo de redes como Instagram podemos pasear felices haciendo equilibrio con una piña, una crema de calabaza ecológica, una caja de cereales, un bote de champú y una lata de alcachofas. Por fin podemos ser auténticamente auténticos.

Ahora bien, por naturaleza soy un tipo desconfiado y me surge una duda. Una inquietud, más que una duda: ¿y si la lista de la compra, como un muro de Facebook, es también un juego de veladuras? ¿Y si la gente empieza a poner filtros sobre los productos que consume? ¿Y si empezamos a editar nuestras propias necesidades diarias? No es inimaginable ver a un tipo que nos mira de reojo para saber si hemos notado la talla de los preservativos que acaba de comprar; a una mujer que trata de esconder entre los tomates la crema hidratante de marca blanca y la mantequilla de cacahuete con aceite de palma; o a un señor que, calculando al detalle el orden de los productos que carga entre los brazos, como en una pirámide, ha colocado en la parte más visible una botella de vino gran reserva para compartir con sus amigos el buen criterio de su elección.

Nadie duda de que no son lo mismo las carnes procesadas que el pollo de corral, el bimi o el kale que un vulgar puerro, la cerveza artesanal que la cerveza a secas, la mortadela que el jamón. Mucho se ha hablado de la cantidad de información que nuestra basura puede desvelar, y es cierto que mis residuos son un libro abierto para cualquiera que esté interesado en mis hábitos, gustos, usos y costumbres. La CÍA lo sabe todo de nosotros porque agentes de incógnito rebuscan en las basuras, pero aquello que todavía no es basura ni residuo, aquello que habita el limbo del consumo –porque ya es nuestro pero aún no hemos terminado de procesarlo–, eso es Big Data en bruto, información pura susceptible de ser interpretada, copiada y manipulada.

Además de un hipotético gusto, en los productos biológicos, el tamaño ahorro, la oferta de última hora, el envase de plástico o el jamón de bellota hay mucha política y mucha economía. Pronto habrá agentes de la CÍA apostados en los alrededores del Lidl y del Carrefour para fotografiar con enormes lentes los productos que cargamos con prisa, en ese universo en expansión que separa la bolsa de plástico de esa otra bolsa de papel o de tela. Mientras no haya bolsa, seremos libros abiertos. Si considero la opción de que el uso masivo de las redes sociales nos haya hecho evolucionar hacia una forma de interacción más abierta y directa, entonces mi lista de la compra puede ser un testimonio o un informe pericial: objetiva, fiel, honesta, sincera. En cambio, si pienso que a todos nos influye el juicio del prójimo, entonces quizá me plantee gastar unos euros de más en esas zanahorias de cultivo ecológico, quizá hoy no necesite esas galletas tan infantiles, quizá decida acostumbrarme al pan de espelta, repudie el alcohol, olvide el café torrefacto, me acostumbre a cocinar sin aceite, apueste por el aroma a lavanda y me quite el azúcar.

De nuevo oigo una voz que me dice: “Las redes sociales favorecen una vida más auténtica”. Me vuelvo pero no hay nadie. Serán cosas mías. Sigo caminando y me encuentro con varios compradores que acaban de salir de un supermercado que hay al lado de casa. Cargan un buen número de productos y yo me tomo el tiempo y la confianza para observarlos: sal baja en sodio, salchichas cocidas, gel de baño biodegradable, tomates cherry, desodorante sin aluminio, espárragos trigueros, gamba blanca congelada, cacao soluble… Yo sonrío, acabo de salir del supermercado y repaso mentalmente lo que llevo entre las manos. Creo que he hecho una buena compra. Me relajo y sigo observando los productos que cargan algunos transeúntes que acaban de completar su lista de la compra. Hay de todo, la verdad. Algunos me parecen despreciables y otros bien podrían ser mis amigos. Sigo observando. Me gusta. Me encanta.

 

 

Imagen: Andy Warhol, Campbell’s Soup Cans, 1962

 

 

 

14. Inacabado

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Abro un borrador y me pregunto: ¿cómo leemos un texto que sabemos inacabado? ¿Qué representan la firma del artista o el punto final del relato? Si uno de los grandes enigmas de la historia de la humanidad reside en no saber por qué una persona se levanta una mañana y decide crear un objeto artístico –inútil improductivo–, otro enigma, sin duda igual de interesante, es dilucidar cuándo una obra de arte está acabada: cuándo un borrador deja de ser un borrador. Si hablo de narrativa, una respuesta bastante obvia apela a la falta de información que vuelve incoherente o ininteligible el argumento de un texto. Sin embargo, todos hemos oído hablar del sentido ‘abierto’ de la obra de arte y de la función activa del lector o del espectador, por lo que una respuesta válida no puede reducirse al hecho de que al final de la novela sepamos o no quién es el asesino.

Otra respuesta, no menos simplista, se decanta por confiar en la legítima voz del autor, quien decide abiertamente cuándo su obra está acabada. Aquí me encuentro con al menos dos problemas: por un lado, el mismo autor puede no saber cuándo dar por acabada su obra, o –en el mejor de los casos– saberlo pero ser incapaz de hacerlo explícito. Por el otro, son muchos los ejemplos de voces autoriales ninguneadas por el vozarrón de la industria cultural. Borges renegó de muchos de sus textos publicados durante su juventud. Sin embargo, ahí están sus Textos recobrados, editados impunemente por EmecéSabemos también que Nabokov pidió a su mujer que destruyera el borrador de El original de Laura si el escritor no tenía tiempo de revisarlo antes de morir. Por suerte o por desgracia, el hijo desobedeció, Anagrama lo acoge felizmente en su catálogo y los lectores podemos disfrutar de Siempre supe que volvería a verte, Aurora Lee, la novela de Eduardo Lago.

El interés de unos y de otros ha llevado a las librerías obras inconclusas de Charles DickensFranz Kafka, Ernest Hemingway, Albert CamusJosé Saramago o Harper Lee, entre otros muchos. En ocasiones, manuscritos fragmentarios y lagunosos han sido elevados al rango de ‘testamentos literarios’, cuando apenas existen editoriales que publiquen en vida a un autor de estilo fragmentario. El tema de la novela inconclusa es complejo y hasta polémico, sobre todo cuando una novela potencial queda soterrada bajo la celebridad de un nombre. Pero el asunto se vuelve intransitable cuando pienso en poesía o en pintura. ¿Cuál de todos los versos escribibles tiene el honor de ser el último? ¿Qué pincelada representa el remate de un cuadro? En el mundo de lo inconcluso disfrutamos enormemente con muestras retrospectivas de esbozos vanguardistas en servilletas de café, de libros que son engendros del editing moderno, de correspondencias sesgadas o de poemarios recuperados del olvido y el rechazo de su propio autor.

Hay modernos Prometeos del arte que son máquinas de hacer dinero, pero también están el poema Kubla Khan de Coleridge, el Réquiem de Mozart o los cuatro prisioneros de Miguel Ángel que se conservan en la Galleria dell’Accademia en Florencia, y que son obras maestras de lo inacabado. ¿Cuándo un borrador deja de ser un borrador? Maurice Blanchot, quien veía la esencia de la literatura en su dispersión, en su capacidad para ser fragmento, retal, pieza inconclusa, escribió que el libro que recoge el espíritu excede y excluye cualquier sentido limitado, definido y completo. Esta idea bien podría valer como respuesta a mi incógnita, pero entonces estaría olvidando que en lo inacabado hay tantos sabores como sinsabores, que el hombre es la medida de todas las cosas –finitas e infinitas– y que probablemente –esto también lo escribió Blanchot– la respuesta es muchas veces la desgracia de la pregunta. Cierro un borrador y me pregunto: ¿cómo leemos un texto que sabemos inacabado?

 

 

Imagen: fotograma cancellato de La jena più ne ha e più ne vuole, Emilio Isgrò, 1969.

13. Paquito el Bravo

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Paquito ha salido a la calle. Paquito se siente un héroe. Paquito escucha música en sus grandes auriculares conectados a un diminuto reproductor de música. A Paquito la música le motiva. Hay días, como ese día, en que la música muy alta hace que Paquito se sienta un héroe. Paquito se siente capaz de correr más rápido que nadie. Paquito se siente capaz de conquistar a cualquier mujer. Paquito se siente sexy escuchando su música. Paquito se siente capaz de vencer en cualquier pelea. Paquito está bravo. El sol, la música, sexy. Paquito se siente capaz de bajar un gato de cualquier árbol. La forma de caminar, la música, bravo. Paquito se siente capaz de salvar a un niño de debajo de cualquier menhir. Paquito, la música, héroe. Paquito se siente capaz de rescatar a una anciana de cualquier edificio en llamas. A Paquito la música le motiva. El sol y la música le dan fuerzas y Paquito se siente inmortal. Paquito mira a la gente por encima del hombro, detrás de las gafas de sol, sexy, bravo, insonorizado. Paquito se siente admirado escuchando su música. Paquito se siente capaz de cantar y bailar como el que más. Paquito es un toro a ritmo de funk. Paquito se siente flotar por la acera, mirando a los ojos de la gente. Paquito siente que la gente, hoy, lo admira. Hay días, como ese día, en que la música muy alta hace que Paquito se sienta un héroe. Paquito, un héroe, un cruce, un camión.

 

 

Imagen: Three Studies for a Crucifixion, Francis Bacon, 1962.

12. Instintos primarios

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Imponerte la obligación de escribir un texto al día, cuando apenas tienes tiempo para hacerlo, es una buena manera de redescubrir las ventajas de la escritura manual. Como poder escribir con una sola mano mientras sacias tus instintos primarios. Pienso en comer, aunque cada cual tiene los suyos y los gobierna como puede.

 

 

Imagen: India, Eric Lafforgue, 2008

11. El niño

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Me encontré con un niño que pintaba en una habitación pequeña con forma de esfera cerrada. En una mano llevaba una paleta con machas de colores grandes como cubos, y en la otra un pincel fino que dibujaba trazos de un grosor imposible. El niño deslizaba su bracito con dejadez y pintaba en la pared líneas continuas sin alzar nunca el pincel. Recorría con pintura aquella cúpula integral y diminuta, esa habitación de perspectivas circulares que en un principio era negra y que, poco a poco, progresivamente y sin descanso, se iba tiñendo de colores alegres, diferentes, tonalidades que variaban de un modo extraño sin que las cerdas dejasen nunca de acariciar el muro. Hubo un clímax de colores entrelazados que convivieron un soplo de tiempo con la tiniebla. Vi aquel espacio desde dentro y desde dentro lo vi por fuera, lo pensé como un huevo totalmente esférico o una canica grande que alguna vez encerré en mi puño. Fui consciente de que no había puertas. Vi que el niño se hacía viejo y supe que de algo joven puede nacer algo muy antiguo. Los trazos de colores se enmarañaron y se anudaron entre sí, iluminándose, olvidando en un pasado remoto la definida ausencia de color. Diles que me voy, me dijo, que ya todo es blanco.

 

 

Imagen: Spherical Creation IX, Dario Santacroce, 2015-2016.

10. Sol blanco

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Anotación recuperada de un cuaderno gris, sin fecha, con una letra B escrita con tinta verde sobre la cubierta:

 

Estoy en el aire, a pocas horas de aterrizar en La Habana. Llevamos muchas horas de vuelo y no se ha hecho de noche. Parece que nunca vaya a hacerse de noche. Son aproximadamente las 22:00 –hora española– y a través de la ventanilla brilla un sol blanco.

Tenía previsto escribir muchas cosas durante el vuelo. Un artículo sobre la crítica literaria de Alfonso Reyes, una reseña de la novela de Carlos Fonseca, otra de Punto de fuga, de David Markson. Por ahora no he escrito mucho y he dormido aún menos. Iba a escribir que hasta el momento no hemos sufrido turbulencias y que el avión vuela suave, pero justo acaban de llegar: pequeñas sacudidas que solo complican mi ya difícil incursión aérea en la escritura.

Una vez en tierra recupero el sueño que le debía al vuelo. Al día siguiente, en una calle cualquiera y ruinosa de La Habana Vieja, dos niños de seis o siete años me llaman con saludos desde la ventana de su escuela. Con europeo reparo, al principio dudo si acercarme, pero me acerco. Les devuelvo el saludo y pregunto qué hacen. Son una niña y un niño, ambos mulatos y vestidos con el pulcro uniforme granate y blanco de la escuela primaria. “Jugamos a pelota”, me dicen. Con europeo reparo, yo pregunto quién de los dos es el mejor jugando al béisbol, y casi al unísono, reduciéndome al más profundo ridículo, los dos responden que son igual de buenos. Por un momento pienso que es una respuesta aprendida de memoria, copiada mil veces, cantada como un himno, pero la expresión serena de sus caras parece verdadera. No concibo un mundo en el que esa respuesta –inexistente en otras latitudes– no me sorprenda.

Amelia, que viaja conmigo, habla con otra niña asomada a la ventana contigua, al pie de la calle, y la niña le pregunta de dónde venimos. “Somos españoles, venimos de España”, le contesta Amelia con un cariño infinito, y la niña de su ventana se junta por unos segundos con las de la mía para murmurar: “qué bien se le entiende”. Escucho esa frase y el océano Atlántico se abre y se expande hasta límites insospechados. Entonces nos piden un chavito o un candy, (pronunciado kendi, como un auténtico muchacho del Bronx). Les digo que no tengo y claramente no me creen. Es verdad que no tengo caramelos. Dinero sí llevo, pero algo que debe parecerse mucho a mi reparo europeo me impide darle una sucia moneda a unos niños tan oscuros y luminosos, a través de la ventana de su escuela.

Al rato me siento a tomar un café y quiero escribir sobre esas niñas. Sobre sus uniformes, sobre sus peinados perfectos, sobre los grandes ventanales de la escuela que dan a una calle de tierra, sobre las decisiones que tomamos, sobre la moneda y el caramelo, sobre su sorpresa al (creer) entender nuestro lenguaje. Saco un cuaderno gris, sin fecha, con una letra B escrita con tinta verde sobre la cubierta, y noto de pronto unas pequeñas sacudidas que crecen de forma gradual. Por un momento pienso en un temblor de tierra, pero enseguida me relajo. Sin duda, son turbulencias. Dejo el bolígrafo a un lado. Aunque el café no se mueve, Amelia parece sentirlas también: las turbulencias, el miedo, la tristeza, el egoísmo.

Mi incursión en la escritura de nuevo se complica. El sol es el mismo de ayer por la noche.

 

 

Imagen: Cuaderno gris, sin fecha, con una letra B escrita con tinta verde sobre la cubierta.

9. La frase de César Aira

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Cuando César Aira presentó su última novela, Prins, en el auditorio de la Fundación Telefónica, el periodista que lo acompañaba le preguntó por el sentido de su frase: “Quisiera dejar de escribir para empezar a escribir bien”. En ese momento, Aira pareció hundirse sin remedio en el sillón antropófago y, dando un discreto sorbo a su vaso de agua, se le vio todavía más fuera de lugar rodeado de tanta gente, micrófonos, cámaras y conexiones en streaming.

Durante unos segundos se hizo en la sala un profundo silencio, solo atravesado por las resonancias crepusculares y trágicas de la frase de César Aira.

Fueron segundos que pusieron a funcionar todo mi arsenal tipográfico: cursivas, comillas, negritas, mayúsculas y minúsculas. Yo no recordaba haber leído esa frase, pero acababa de escucharla en la voz grave del periodista. ¿Habría dicho escribir o Escribir? Porque no es lo mismo escribir bien que escribir bien. ¿Habría dicho “dejar” de escribir? ¿Sobre qué palabra recaerían la trascendencia, la ironía o la duda? ¿Se habría referido Aira a que quería dejar de escribir (“bien” o de cualquier otra manera) para empezar a escribir (“mal” o de cualquier otra manera)? ¿Acaso esa frase buscaba revelar la potencia del cambio y la transformación?, ¿el sometimiento del lenguaje bajo el yugo del autor (o del Autor)?, o ¿el sometimiento del autor bajo el yugo del Lenguaje?

La cabeza me iba a explotar. Notaba como si entre los hombros tuviera una de esas locomotoras antiguas que en los dibujos animados se contraen y se expanden al ritmo del silbato y las bocanadas de vapor. Me había esforzado en descifrar esa frase. Ese era mi trabajo: leer, interpretar, comprender. Pero algo no estaba funcionando. “Quisiera dejar de escribir para empezar a escribir bien”, repetí mentalmente, pero dibujando con los labios la silueta de cada palabra, como invocando su sentido más verdadero a través del acto físico de la pronunciación. Un acto mágico, como otro cualquiera.

Cuando el silencio de la sala estaba siendo invadido por el traqueteo desenfrenado de mi locomotora, Aira contestó: “Es una de esas frases que suenan bien pero que no quieren decir nada. Muchos escritores nos conformamos con escribir frases que suenan bien, para que luego el lector les dé el sentido que quiera”. En ese momento, sentí que me hundía sin remedio en el sillón antropófago y, dando un discreto sorbo a mi vaso de agua, me vi todavía más fuera de lugar rodeado de tanta gente, micrófonos, cámaras y conexiones en streaming.

 

 

Imagen: Libro tessuto, Maria Lai, 2005

8. La página de siempre

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No sé bien cómo describir este lugar.

Solemos pensar que estamos perdidos cuando no sabemos dónde estamos. Una ciudad, un tema, una persona. Pero allí nunca estamos perdidos. Sabemos que no estamos en el lugar en el que deberíamos estar o que no sabemos cómo llamar al lugar en el que estamos. Ante lo desconocido estamos alerta. En cambio, es en los lugares que nos son familiares donde las referencias se olvidan y nos perdemos. La carretera de siempre, la casa de siempre, la cocina de siempre. La página de siempre.

 

 

Imagen: Libro cancellato, Emilio Isgrò, 1969

Pájaros en la boca y otros cuentos, Samanta Schweblin (Notas #2)

Nueva reseña

Mario Aznar escribe sobre PÁJAROS EN LA BOCA Y 9788439733874OTROS CUENTOS, de Samanta Schweblin:

 

Resumir un cuento es tarea de idiotas. Así que hablaré de ecos de Rulfo y de Cortázar, ecos de Flannery O’Connor y de Bioy Casares. Son todos ecos un poco mudos, pues no acallan ni de lejos la voz de Schweblin, que resuena como un gran diluvio que se ha estado esperando durante años, bailando y bailando como un jefe cherokee.

 

Pincha aquí para leer el texto completo.